Mi abuelo, en su vejez y enfermedad, pedía que lo trasladaran alrededor del país, de una propiedad a otra, cada tres o cuatro días. Apenas se instalaban abuela, enfermeros y familiares y él ya se iba.
Unos pensaban que estaba loco. Otros que revisaba el patrimonio o que no soportaba a los familiares ahí metidos.
Sólo mi papá y yo sabíamos que sí, era todo eso pero más que todo, estaba huyendo. Era lo más obvio. Huía del tiempo, del dolor, del vacío, de él mismo.
Pobre abuelo, pobre humanidad.

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